
Son cada vez más las almas que se pierden. No es que ignoren, no es que no sepan, es que no quieren saber ni volver su rostro a Mí, porque viven tan enfangados en el materialismo, en sus cosas, en sus afanes terrenales, que Me dan la espalda y luego ya no quieren darme su rostro ni siquiera en el ultimo instante. Ya supondrás hija Mía, lo que eso Nos duele a Mi Madre, a Mi y a Mi Padre Eterno que desea que todos Sus hijos se salven, que desea, que todas Sus criaturas se salven.
Y tu amada de Mi Corazón por unos pocos sinsabores que te doy que sabes que son pasajeros, lamentas y te afliges y no Me contemplas a Mi en Mis cinco Llagas y en la corona de espinas dolorosísima de Mi Corazón.
No te amonesto hija Mía, solo te digo que todos los sinsabores y amarguras que a ti te vengan Yo los padecí en modo infinito. ¿Que puedes saber tu de Mis sufrimientos? ¿Que puedes saber tu? No podrías comprender la capacidad de sufrir que Yo tuve, por eso, Mi Padre a quien Me ama, a quien Me honra, a quien hace algo por Mi, lo bendice constantemente pues solo El sabe el dolor terrible en todos los aspectos que Me costó redimiros y reparar a Mi Santo y Eterno Padre.
Sí hija, Yo te hablo hoy con dolor y amargura, un dolor y una amargura que no cesan, y busco almas que Me consuelen, que deseen amarme por encima de todas las cosas, y son muy pocas las que encuentro. Que no seas tu una de esas almas que evaden el sufrimiento, te venga de la forma en que te venga o en la persona en que te venga, que tu, hija Mía, seas de esa almas que Me consuelen y Me ofrezcan sus sinsabores para que por lo menos un poco, sirvan de bálsamo a Mis Llagas de Cuerpo y de Alma. Yo, Jesús de Nazaret, tu Divino Esposo, te hablo.